Los mundos que nunca llegaron a existir

¿Cuántos universos quedaron encerrados porque nadie creyó en ellos?
Hay puertas que no se abren jamás.

No porque detrás no haya nada, sino porque nadie tuvo el valor o la fe de girar la llave.
En el reino de la literatura fantástica, esas llaves las sostienen los editores.


El escritor es un creador de mundos imposibles. Pero hay una figura casi invisible esperando en las sombras, un centinela que decide qué universos podrán cruzar el umbral hacia la realidad: el editor.

Hay algo mítico en todo esto. No se trata de corregir o ajustar ritmos narrativos. El editor se sienta ante un manuscrito tratando de vislumbrar si palpita algo dentro de él y si eso, tiene alma propia. El escritor ha tejido su hechizo, pero es el editor quien decide si ese hechizo podrá hacerse visible. A sus manos no solo llega una historia, sino la posibilidad de que cobren vida mundos que aun no hemos imaginado, personajes que no conocemos, seres que no alcanzamos a visualizar.

Cada manuscrito rechazado es un universo cerrado. Cada libro publicado, un mundo que ha logrado materializarse en este lado.

Podríamos pensar al editor como un guardián de portales. Custodia el tránsito entre lo imaginado y lo publicado, entre lo invisible y lo legible. Y como todo guardián, debe decir  a algunos viajeros y no a muchos otros, decisiones que nunca serán del todo justas —o acertadas—. Detrás de cada negativa, hay un universo que se silencia y se cubre de bruma, una que algunas veces nunca llega a disolverse.

Los mundos que no llegaron a ser

Muchos de los grandes clásicos de la fantasía estuvieron a punto de no existir. Tolkien fue rechazado por su extensión; Ursula K. Le Guin tuvo que convencer a sus editores de que los mitos aún tenían su lugar.

Por cada libro que llega a las librerías, cientos quedan detenidos en la frontera: carpetas digitales, cajones olvidados, portales cerrados. Quizá allí duerman lenguas que nadie hablará, mitologías que nadie soñará, mapas que nadie recorrerá. ¿Qué criaturas, artefactos o misiones nos estamos perdiendo por una decisión editorial? El lector jamás sabrá cuántos mundos no llegaron a ser.

©Van G. Todos los derechos reservados.

La era del algoritmo y el fin de lo imprevisible

Antes, los editores apostaban por corazonadas, intuiciones o revelaciones. Hoy, en muchas editoriales, los manuscritos se valoran con métricas, tendencias y perfiles de audiencia. El actual, muchas veces, no explora la frontera del asombro, sino el mercado de la previsibilidad, un analista de métricas. Donde antes reinaba la intuición, hoy domina el Excel. Se buscan títulos comparables, mercados objetivos y sagas con los mismos ingredientes, pero… ¿cómo se mide la viabilidad de un dragón?

La fantasía, por naturaleza, nace de lo improbable; pero los sistemas actuales exigen que sea reconocible, segura, rentable. Los portales abiertos comienzan a parecerse: los mismos héroes, las mismas criaturas «domesticadas», los mismos reinos, los mismos conjuros rentables. El asombro, esa emoción fundadora del género, se convierte en un recurso de marketing.

El guardián trágico

El editor también sufre. A menudo, carga con la conciencia de lo que deja fuera. Sabe que puede estar rechazando el libro que alguien necesitaba leer para seguir creyendo. Quizás en alguna editorial, en algún momento, un editor cerró una carpeta y con ello selló un portal que jamás volverá a abrirse. Dentro queda un bosque que nadie recorrerá, un cruza que nadie conocerá, una canción que se disuelve sin ser oída.
Pero incluso ese silencio tiene su belleza. En el fondo, cada manuscrito no publicado sigue vibrando en algún rincón del multiverso literario, esperando otro guardián que escuche su latido.

©Van G. Todos los derechos reservados.

Abrir un libro de fantasía es atravesar un umbral. Detrás de cada historia publicada hay una cadena de creencias: un autor que soñó, un editor que confió y un lector que decidió cruzar. Por cada portal abierto, hay cien que quedaron sellados, pero mientras sigan existiendo lectores dispuestos a cruzar, los guardianes seguirán buscando llaves. La literatura fantástica no muere cuando se apaga una moda, sino cuando nadie se atreve a creer en lo imposible.


Si algo me fascina del mundo editorial es su misterio: esa mezcla de azar, fe y vértigo que decide qué historias llegan a nosotros. Es fácil criticar a los editores, pero también son ellos quienes, a veces contra toda lógica, moda o números, apuestan por lo imposible. En algún despacho lleno de manuscritos, en algún ordenador lleno de propuestas editoriales, hay alguien que eligió girar esa llave.

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