Cómo escribir en la época sin asombro

¿Qué lugar queda para la fantasía cuando ya lo hemos visto todo?
Hemos vivido una pandemia, apagones, vivimos rodeados de pantallas que nos muestran cada catástrofe en tiempo real, las guerras. Mundos virtuales que prometen realidades alternativas, inteligencias artificiales que inventan imágenes, palabras, vídeos, caras.

La imaginación hoy parece un algoritmo más.
Hoy, todo parece mentira, falso.

Y sin embargo, la fantasía sigue siendo necesaria. Quizá más que nunca,
porque escribir lo imposible en una era sin asombro es un acto de resistencia y rebeldía, de que todavía somos capaces de crear.


El fin del mundo (otra vez)

El apocalipsis ya no nos sorprende: lo consumimos en entregas diarias. Crisis climática, guerras, colapsos, inteligencia artificial que nos reemplaza… El fin del mundo se ha vuelto un género recurrente. Estamos en una época en la que nos creemos todo y nada a la misma vez, ¿cómo es posible?

El género de la fantasía nació para ofrecernos mundos imposibles, pero ¿cómo hacerlo cuando el presente parece una distopía poco original? En medio de tanta urgencia, lo mágico corre el riesgo de parecer ingenuo, casi indecente. ¿Quién necesita dragones cuando el mundo ya está ardiendo?

©Van G. Todos los derechos reservados.

El cansancio del asombro

Vivimos en una sociedad que se desliza a la velocidad de los algoritmos. Todo cambia antes de que tengamos tiempo de sentirlo. El placer inmediato, ese hedonismo individual del que hablaba Lipovetsky1, parece el latido de nuestro tiempo: la búsqueda constante de satisfacción, de novedad, de brillo. ¿Es una vida de sucedáneos?

El asombro genuino, ese estremecimiento que nace de lo inesperado, de lo bello o lo terrible, es más difícil de provocar en una época que lo ha visto todo. Por eso, escribir fantasía hoy exige una nueva forma de mirar lo imposible.

Quizá el escritor de hoy no sea el único protagonista de esta historia, quizá también seamos los lectores, los consumidores de lo sucedáneo, los que tengamos que parar y creer en los que creen en crear. En que quizá, la magia ya no está en el fuego del dragón, sino en recordar que el fuego aún puede arder. Todavía podemos hacerlo.

Es el placer que no se agota con un clic ni se mide en datos. Es sereno y consciente, que se construye desde la lentitud, desde el gesto íntimo. Frente a la inteligencia artificial que reproduce, el ser humano todavía puede inventar, sembrar belleza de sombras o luces donde solo hay ruido.

Quizá el verdadero hedonismo contemporáneo no sea el consumo del instante, sino la capacidad de disfrutar del proceso de crear, de pensar, de cuidar lo que aún puede ser humano: la sensibilidad, la palabra, el asombro. Mientras sigamos escribiendo, dibujando o soñando, habrá esperanza. Porque el placer más profundo no está en tenerlo todo, sino en seguir creando algo que nos devuelva la magia.

©Van G. Todos los derechos reservados.

La fantasía como acto subversivo

La fantasía no niega la oscuridad, la ilumina desde otro ángulo. El apocalipsis, para el escritor no es el final, es el punto de partida. Cada fin del mundo contiene la promesa de un mito nuevo, de una nueva aventura.

En un mundo gobernado por la productividad, la fantasía es una rebelión lenta. Escribir lo imposible cuando todo exige resultados tangibles es, de por sí, un gesto político. La fantasía cuestiona los límites de lo real, y en un tiempo que venera la eficiencia y la lógica, imaginar se convierte en un acto de desobediencia.

El escritor no ofrece escapismo, sino alternativas ontológicas. Propone mundos donde la ética y la física pueden reinventarse; donde la esperanza no es ingenua, sino un método de supervivencia. Frente al cinismo del presente, la fantasía devuelve la posibilidad de creer. Y creer, en un dragón, en un milagro, en un acto de bondad improbable, es el primer paso para transformar lo que existe.

Cómo escribir lo imposible hoy

Escribir fantasía después del apocalipsis implica reaprender a mirar. Quizá ya no basta con inventar castillos, razas o mapas, quizá debemos descubrir lo sagrado en lo roto. Buscar el asombro en lo pequeño, un detalle, un gesto.

En la era de los algoritmos, la única magia que no puede replicarse es la voz humana. Ahí está el último dragón, en el lenguaje. Así que seguid escribiendo, y si no basta con lo que se hacía antes, siempre podemos construir castillos más grandes, monstruos más feroces o hacer de tu pueblo un lugar terrorífico plagado de criaturas espeluznantes.

Las historias que más perduran no son las que ofrecen respuestas, sino las que mantienen viva la pregunta. La fantasía, bien entendida, no promete finales felices, promete que aún hay finales posibles.

El último refugio

Decía Le Guin que la fantasía es el lenguaje que habla de lo que no puede decirse. En tiempos de crisis, ese lenguaje se vuelve urgente. Escribir fantasía tal como está el mundo es un intento de inventar esperanza con palabras, de construir un refugio. Porque el mundo no se acaba cuando el fuego consume las ciudades, sino cuando dejamos de imaginar que algo puede nacer entre las cenizas.

¿Por qué fantasía? Siempre pienso lo mismo con esa pregunta, porque en tiempos difíciles es cuando más necesitamos recordar que otro mundo u otro final, por improbable que sea, sigue siendo posible.

Mientras haya alguien que escriba un dragón, o una niña —y no tan niña— que imagine ser su jinete, esta época no será tan artificial.


  1. Tenéis que leer su libro: La era del vacío. ↩︎

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