En los márgenes del mundo: al límite de los 80

La vuelta de Stranger Things para su despedida nos ha puesto a muchos un poco nostálgicos, no solo por el cierre de una etapa de años (con un primer volumen de la quinta temporada brutal), también por todo lo que la atmósfera de la serie ochentera nos recuerda.

Hubo una vez un verano que parecía durar para siempre. Las bicicletas eran naves espaciales, los suburbios eran fronteras, y cada amigo era un compañero de aventura. La literatura y el cine de los años ochenta nos enseñaron algo que, desde entonces, seguimos buscando: la sensación de que el mundo aún podía sorprendernos.

Eran los años en que la infancia era una aventura épica, y el miedo aún no había ganado.


Los ochenta fueron la última gran década de la inocencia heroica. No la inocencia ingenua, sino la del descubrimiento, cuando los niños aún podían ser protagonistas de epopeyas que mezclaban lo cotidiano con lo sobrenatural. Era ese momento en el que estaba naciendo a un ritmo brutal la tecnología que nos quitaría, de alguna manera, muchas cosas.

En las páginas de It (Stephen King, 1986), un grupo de amigos enfrentaba un mal ancestral armado solo con bicicletas y promesas. En Un puente hacia Terabithia (Katherine Paterson, 1977, pero icono de la década siguiente) la imaginación era un refugio contra la muerte. Y en Ender’s Game (Orson Scott Card, 1985), un niño era entrenado para una guerra estelar que solo podía ganar a costa de perder su infancia.

Todos ellos, a su modo, eran niños del crepúsculo: habitantes del umbral entre la luz del asombro y la sombra del miedo. Niños que intuían que crecer sería una forma de pérdida. Tanto el cine como la literatura tomo nota de ello.


La pandilla —esa célula sagrada de la narrativa ochentera— no era solo una herramienta narrativa: era una metáfora del mundo. En Los Goonies (1985) o en Cuenta conmigo (basada en King, 1982), la amistad era el escudo frente al caos, el vínculo que hacía soportable la oscuridad.

Cada miembro del grupo era pieza clave: el valiente, el soñador, el incrédulo, el que teme, el que ama. Juntos formaban una unidad simbólica, un pequeño cosmos donde aún era posible la lealtad, la esperanza y el sacrificio. Era la amistad con mayúsculas. Los amigos nunca mienten, tú sabe lo que quiero decir.

Quizá por eso estas historias nos siguen conmoviendo a día de hoy: porque nos recuerdan un tiempo en que la amistad era el único conjuro que realmente funcionaba, porque fue la última generación analógica, libre de muchas de las cosas que hoy nos atan (ni buenas ni malas). Parecíamos más ¿humanos?


A diferencia de las tierras lejanas de Tolkien o los futuros distantes de Asimov, la fantasía ochentera situó el milagro en los márgenes de la normalidad: una casa cualquiera, una arboleda detrás del colegio, una calle donde, de pronto, el cielo se abre. El barrio, el pueblo.

Ray Bradbury ya lo había anticipado en El vino del estío (1957) y Las doradas manzanas del sol: el milagro habita en los detalles cotidianos. Los ochenta retomaron esa intuición y la hicieron tangible: E.T.ExplorersEl vuelo del navegantePoltergeist. En todas ellas, el misterio no está lejos: vive en el barrio, entre bicicletas, antenas y luces de neón.

El suburbio se convirtió en el nuevo bosque encantado; el monstruo, en un espejo de la soledad moderna; el hogar, en el centro sagrado del universo.


El paso del asombro al miedo es inevitable. Las criaturas que antes simbolizaban maravilla se transforman en presencias amenazantes: el payaso de It, los cuerpos invadidos por La invasión de los ultracuerpos, los futuros distópicos de Neuromante (William Gibson, 1984). Incluso allí, el espíritu ochentero se resistía a la desesperanza. La fantasía y la ciencia ficción de esa época abrazaban (en ocasiones) la oscuridad para domesticarla. El miedo era una consecuencia natural del descubrimiento.

Los niños de esas historias aprendían que el horror y la maravilla nacen del mismo lugar: la capacidad de creer que algo más existe.


El crepúsculo no es solo un final, es una transición. Los niños del crepúsculo cruzan el umbral hacia la adolescencia, hacia la pérdida, hacia la verdad de que ningún verano dura para siempre. Pero en ese tránsito dejan encendida una pequeña luz, una llama que aún arde en quienes los recuerdan.

En cada historia de bicicletas y linternas, de bosques prohibidos y amistades eternas, hay un eco del mito original de la búsqueda. El héroe no necesita espada, basta una linterna y una promesa. El tesoro no es oro ni poder, sino la certeza de haber compartido el miedo sin rendirse al cinismo.


Hoy, en una era dominada por la nostalgia digital, volvemos una y otra vez a ese imaginario. Series como Stranger Things reactivan los códigos de aquel tiempo, no solo por estética, sino por necesidad espiritual. Buscamos volver a creer que el mundo aún puede abrirse ante nosotros. Porque, en el fondo, seguimos siendo esos niños que pedalean al anochecer, persiguiendo una luz que siempre parece ir un poco más adelante.

A veces pienso que la verdadera fantasía ochentera no eran los alienígenas ni los poderes, sino la fe en la amistad y la imaginación. Esa convicción de que bastaban unas bicicletas, una linterna y un corazón valiente para salvar el mundo.

Tal vez por eso volvemos a esas historias, porque en ellas encontramos algo que el tiempo no logró robarnos del todo, la certeza de que el asombro era real.


Para los fans de Stranger Things y si ya estáis echando de menos Hawkins y a los chicos, os dejo una recopilación de las novelas que hay publicadas hasta la fecha en español. ¡Disfrutarlas!

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