Conversación con: Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena


Me siento a la mesa, frente a ti y conversamos.

—No eres un libro para todo el mundo —te digo nada más abrirte—. Y no lo digo como crítica, lo digo como advertencia. Hay que estar dispuesto a dejarse zarandear para entrar en tus páginas.
—Nunca quise gustar a todos —me respondes con calma—. Solo a quienes aceptan la duda como parte del viaje.

Te observo con atención. Me cuentas la historia de Alice Gould, una detective que decide internarse voluntariamente en un manicomio para investigar un asesinato. La premisa me atrapa al instante. Hoy puede que no suene revolucionaria, pero recuerdo que naciste en 1979, y entonces el impacto era otro. Te lo concedo. Además, saber que Torcuato Luca de Tena se internó realmente para documentarse dice mucho de ti… y de él.

—No podía mentir —dices—. Para contar esta historia había que vivirla.

Y eso se nota. He trabajado en un psiquiátrico y, a pesar de los años que nos separan, me reconozco en muchos de tus pasillos, en tus trabajadores, en las dinámicas que describes. Algunas escenas me resultan incómodamente familiares. Esta era la razón principal por la que me llamaste mucho la atención, aunque no llegaste a mí hasta que anunciaron tu adaptación cinematográfica. Decidí esperar para verla, menos mal, quería leerte primero.

Tu trama es clara: detective investiga asesinato, con el manicomio de escenario y sus médicos e internos (esos renglones torcidos en la escritura de Dios) de secundarios. 
Pero lo que realmente te define no es la historia en sí, sino el juego que planteas. Me lanzas de un lado a otro como una pelota de tenis. No me das descanso.

—¿Cuál es el juego?
—La pregunta no es quién mató a quién —me respondes—. La pregunta es si puedes confiar en quien te lo cuenta.

Y ahí está el núcleo de todo.

He hablado con amigas que también te han leído. Cada una tiene su teoría. Yo lo tuve claro desde el principio, aunque no daré razones: no quiero hacer spoiler. Pero lo confieso, me encanta ese tira y afloja constante, esa sensación de no saber qué es real y qué no. Me obligas a leer con atención, a desconfiar incluso de mí misma como lectora.

—Ese era el trato —me dices—. Si entras, no sales igual.

Creo sinceramente que eres uno de esos libros que se disfrutan más cuanto menos se sabe de ellos. Incluso hablar demasiado de Alice sería traicionarte, porque ella es el eje de todo. Prefiero dejarla en la sombra, como hiciste tú conmigo durante toda la historia.
A nivel personal, admiro cómo retratas la vida en un centro psiquiátrico. Es cruda, es real. Sé que el contexto histórico es clave: ocurren muchas cosas que hoy serían impensables, y es importante leerlas desde la época en la que se desarrollan. Estás justo en un momento de transición, en medio del antes y el después, y eso, aunque no sea lo más llamativo de la novela, tiene un enorme valor.

—No quise edulcorar nada —respondes—. Solo mostrar el cambio mientras ocurría.

Pero no todo ha sido perfecto entre nosotros. Hay conversaciones larguísimas que, aunque entiendo que son clave para adentrarse en la mente de Alice, en algunos momentos se me hicieron excesivas. También algunos comportamientos de ciertos psiquiatras me chirriaron más de la cuenta. No entraré en detalles, pero hubo situaciones que, viniendo de profesionales, me sacaron un poco de la historia.

—Soy hijo de mi tiempo —te justificas—. Y también de mis contradicciones.

Bueno, bueno.

—Déjame adivinar —dices—. Vas a usar la frase carcomida.

Sí —sonrío con dulzura—. Eres mejor que la película. Y sí, lo digo. Aunque suene manido, es cierto. La película opta por un final abierto, se queda en el aire en cuanto a interpretación de qué está pasando. Comentándolo, quien solo la ha visto tiene interpretaciones muy distintas de lo que ocurre. En cambio, tú no dudas: al final queda claro qué está pasando. Muy claro.

Además, aunque obviamente la película mantiene la trama, la adaptación cambia demasiadas cosas importantes: el asesinato, la investigación, la vida de Alice dentro del centro, sus relaciones con otros internos y, sobre todo, un aspecto esencial de ella que le da profundidad a toda la historia y los personajes, no solo a Alice, también a los internos. En la película apenas se roza la superficie. Tú, en cambio, te sumerges.

—No todos se atreven a bajar tan hondo —respondes.
—Está claro.

¿Me has gustado?
Sí. Mucho. Me has resultado interesante, incómodo por momentos, absorbente casi siempre. Te recomiendo sin dudarlo si te gustan los thrillers psicológicos, las historias que juegan con tu mente y los libros que te obligan a elegir bando… aunque no sepas muy bien por qué.

Te cierro con cuidado.

—No todos mis renglones están torcidos —me dices antes de despedirte—. Pero todos dejan marca.

Y es verdad.
Porque una vez que hablas con Los renglones torcidos de Dios, ya no lees igual… ni confías igual.

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